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Un tráfico que llega del Este de Europa
por IVES GERY OIM

Varios miles de ciudadanas de los países del Este europeo, incluida la ex Unión Soviética, son víctimas de prostitución forzada en Europa occidental. Este fenómeno, que comenzó con la caída del socialismo, se ha desarrollado debido a la pauperización que impera en esos países. La ciudad belga de Anvers es el centro del tráfico. La Organización Mundial para las Migraciones (OIM), no lo ignora y trata de buscar soluciones.

En un "barrio bravo" de Anvers, la joven D. se ofrece en una vitrina. Su juventud asombra incluso a los policías. ¿Edad? Confiesa 19 años. Pero el examen médico aclara que no tiene más de 15 años. Asegura a los policías que vino de su país, 'Albania', por propia voluntad. Pero pronto se quiebra y confiesa: su familia tenía necesidad extrema de dinero y el amigo de su madre le propuso ir a Holanda, donde le aseguró ganaría "mucho dinero". La muchacha fue vendida a unos traficantes que la proveyeron de un pasaporte falso y la lanzaron a trabajar en la calle. No había tenido nunca relaciones sexuales.

La policía ha rescatado a varias albanesas de las garras de la mafia. "Desde hace un año los traficantes albaneses llegan con contingentes enteros de adolescentes como D.", dice Verónica Grossi, dirigente de la asociación holandesa Payoke. Anvers es uno de los principales puntos de destino de la 'trata de blancas' procedentes del Este.

De las mil quinientas prostitutas que se ofrecen en las vitrinas o en las calles de la ciudad, la mayoría proviene de esos países, y de Africa. "La mayor parte de las recién llegadas -dice Grossi- son vigiladas de cerca por un matón y deben entregar sus ingresos al traficante".

Hace cuatro años, en vista de lo grave del problema, tanto en Bélgica como en los Países Bajos se adoptaron medidas. Entre otras cosas, se aseguró protección a las jóvenes que denunciaban a los traficantes y se les dio la posibilidad de un pasaporte seguro.

Esto permitió, entre otras cosas, que cincuenta y siete mujeres procedentes del Este entablaran proceso contra los mafiosos. Pero la asociación Payoke considera que las medidas son suaves: "La mayoría de los traficantes pasan dos o tres años en prisión y después se quedan, no se les expulsa". Sólo ochos albaneses fueron condenados a la pena máxima en Anvers: cinco años de cárcel".

Los traficantes hacen lo que quieren. Es habitual que amenacen a los funcionarios sociales para que no ayuden a las prostitutas. Dos funcionarios de Payoke que circulaban a alta velocidad por una carretera de Anvers fueron atacados a balazos. Otros dos miembros de Payoke fueron amenazados de muerte por un traficante albanés en las escalinatas del palacio de Justicia.
La situación paupérrima en que se encuentran algunos ex países socialistas a raíz del turbulento cambio de régimen, es la causa principal de esta situación.

INFIERNO TRAS LA FRONTERA

En Varsovia, la responsable del programa contra el tráfico de mujeres de la organización La Strada, Teresa Oleszczuk, saca varias fotos de su archivo. Son muchachas, algunas muy jóvenes. "Esta -dice- desapareció hace cuatro años. Las investigaciones de la policía polaca en colaboración con la de otros países no han dado resultado".

La mayoría de las jóvenes, sin duda, han sido secuestradas, enviadas a la fuerza a Alemania o más allá. En un solo año, La Strada ha recibido denuncias relacionadas con la desaparición de 36 niñas. Son una ínfima parte del total de casos que registra La Strada. A menudo, las jóvenes emigran por propia voluntad, convencidas por un pariente o por el 'amigo de un amigo' que le propuso un trabajo bien pagado en Occidente, como dama de compañía, empleada o sirviente.

Algunas fueron atraídas por un aviso en el periódico que les ofrecía el oro y el moro.

Las jóvenes, apenas pasan la frontera, son entregadas a otro traficante. "Ahí cambia el cuento", dice Teresa Oleszczuk. "El trabajo ofrecido ya no es posible, la empresa cerró. Las muchachas, víctimas de diversas violencias, se encuentran de pronto en un centro erótico o en una calle cualquiera obligadas a prostituirse para pagar la 'deuda' con el traficante: gastos de transporte, pasaporte y habitación".

Las polacas que saben que deberán prostituirse imaginan que podrán ganar mucho dinero en corto tiempo y volver luego a la patria. Isabella Styczynska, otra funcionaria de la Strada explica: "Lo que las espera es un trabajo de esclavas de doce horas diarias. El 70 por ciento de lo que ganan va al dueño del burdel, que pagó por cada una entre 1.500 y 5 mil marcos alemanes. Les aterroriza presentar una denuncia y si son liberadas es gracias a una pesquisa policial".

A veces no reciben un centavo, porque el proxeneta les da alimentación y elementos higiénicos. Es el caso de la mayoría de las 1.200 prostitutas búlgaras que trabajan en Varsovia. Porque Polonia, punto de partida de la trata de blancas, es también un 'país de acogida' donde recala un número creciente de mujeres que llegan de países más pobres: Rusia, Ucrania y Bielorrusia, según informa Stana Bichowska, funcionaria de coordinación de La Strada.

Empleadas en agencias especiales, clubes y salones de masajes, las jóvenes son trasladadas de una ciudad a otra, lo que permite a los patrones de esos clubes tener siempre muchachas nuevas para ofrecer a sus clientes.

Hace tres años, La Strada abrió una línea telefónica de información que recibe cada día una decena de llamadas de candidatas a la expatriación, de familias de desaparecidas y también de víctimas del tránsito vehicular.

En abril de 1998, la asociación lanzó una campaña de sensibilización contra la trata de blancas. La primera se lanzó en un país del Este con financiamiento de la Unión Europea y con notorio éxito. Una campaña parecida se hizo en Ucrania, país muy afectado por el problema, debido sin duda a que las mujeres representan allí el 72% de los desempleados. "Muchas de ellas están dispuestas a aceptar cualquier empleo", explica Irene Kurolenko, miembro de la ONG ucraniana '50-50' hablando en un seminario internacional contra el tráfico de seres humanos, realizado en Estrasburgo. En Kiev, los falsos ofrecimientos de trabajo como modelo, bailarina o empleada son hechos a través de conocidas agencias de viajes.

Ningún país del Este escapa a esta situación. El problema comenzó en 1989, luego de la caída del bloque comunista. Los traficantes hicieron su trabajo en gran escala. Y siguen haciéndolo. Es fácil, porque una visa de turismo basta y porque los precios del transporte en la Comunidad Europea son bajos.

ALTA RENTABILIDAD

Nueve años después, ¿cuántas mujeres son explotadas a pesar suyo en la Comunidad Europea? Según Franck Laczko, experto de la Organización Internacional de Migraciones con sede en Viena, las víctimas de este tráfico son 500 mil. Proceden de todos los ex países socialistas, incluida la ex URSS, y van a Alemania, donde el 75% de las prostitutas son extranjeras, o a Viena, en cuyos 'sex-clubs' hay 80% de mujeres de la misma procedencia. Los Países Bajos, Bélgica, Suiza, Italia, Grecia...

El auge se explica por la alta rentabilidad que significa el tráfico. Según cálculos de Interpol, un proxeneta que viva de la prostitución de una mujer en Europa, consigue alrededor de 720 mil francos por año.

En contraposición, la cifra que gasta la Unión Europea en combatir esta plaga es risible. Los quince países del conglomerado aportan 1,3 millones de euros anuales para financiar el programa STOP, que se limita a tomar algunas medidas, en parte policiales, en el interior de esos países. Esas medidas son irrisorias, según la eurodiputada belga Anne Van Lancker. "Muy a menudo, los culpables son condenados al pago de multas insignificantes que no tienen ningún efecto disuasivo". Una acción de magnitud relativa de la policía europea comenzó recién en 1997 hasta ahora sin grandes resultados.

La socióloga francesa Marie-Victoire Louis, del Centro de Análisis CADIS, afirma que la Unión Europea "legitima el proxenetismo, del cual se nutre la trata de blancas", aludiendo en especial a las legislaciones de los Países Bajos y de Bélgica.

Lo lamentable es que los países europeos continúan tratando a las víctimas como simples inmigrantes clandestinas y clasificándolas como "indeseables". El caso de Tatiana, Marieka, Joanna e Isabella, todas de 17 años, es ilustrativo. Las cuatro fueron drogadas en una discoteca polaca y secuestradas. Al día siguiente se encontraron en el Musla Palace, una casa amurallada en territorio alemán.

Gracias a la intervención policial fueron liberadas y devueltas a su país. Los dos traficantes que perpetraron el secuestro fueron condenados a tres años de prisión, pero pronto estuvieron en libertad. Las jóvenes habían sido vendidas en 8 mil marcos alemanes cada una. Cosa sorprendente, las cuatro, no obstante haberse comprobado su inocencia, quedaron inscritas en la lista negra de los servicios de Inmigración. Es decir: prohibición de entrar a los países de la Unión Europea salvo Inglaterra e Irlanda.

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